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martes, 5 de febrero de 2008

Winston Churchill.

WINSTON CHURCHILL: EL LENGUAJE DEL LIDERAZGO (*)

Se lo cita tan a menudo como a Shakespeare. Presidentes como Franklin Delano Roosevelt han recurrido a sus textos como fuente de inspiración. Sus frases tienen el lenguaje cotidiano: “La hora más fina”, “Sangre, sudor y lágrimas”, “Cortina de hierro”, e incluso, “Negocios como siempre”. Se trata, obviamente, de Winston Churchill, quien, como primer ministro británico, incitó al pueblo británico a resistir el ataque del destructivo monstruo nazi.

Un impulsor significativo de su éxito era su capacidad de comunicación. Como dijo John F. Kennedy: “Churchill movilizada al idioma inglés y lo conducía al campo de batalla”. Sus artículos, discursos y libros suman 30 millones de palabras, según cálculos estimativos, y le valieron el Premio Nobel de Literatura en 1953.

Churchill se dio cuenta de la relación entre lenguaje y liderazgo en su juventud. A los 23 años escribió un tratado sobre oratoria, (“El andamiaje de la retórica”), publicado después de su muerte, donde decía que “de todos los talentos concedidos al hombre, ninguno es más preciado que el don de la oratoria”. “Quien lo detente, esgrime un poder más perdurable que el de un gran rey”.

En “El andamiaje de la retórica” Churchill describió los cinco elementos de un discurso eficaz – estilo impecable, ritmo, acumulación de argumentos, analogías y extravagancia del lenguaje – y varias décadas más tarde, estos caballos de batalla retóricos siguen siendo la piedra angular de cualquier discurso, tanto de los encendidos debates políticos como de las exposiciones en las juntas de accionistas.

ESTILO. Churchill sostiene que “no hay elemento más importante en la técnica de la retórica que el uso permanente de la mejor palabra posible”.

RITMO: En su opinión, el ritmo se basa en el “equilibrio particular” entre las frases, el cual da como resultado una cadencia más cercana al verso blanco (composición cuyos versos no riman entre sí) que a la prosa. De hecho, en una de sus primeras etapas, Churchill dictaba gran parte de su obra a fin de asegurarse que tuviera ritmo. Thomas Montalvo, autor de “El hablar en público hecho fácil”, de la Editorial Wilshire, afirma que Churchill “llevaba las ideas a la retórica como los compositores traducen las suyas a la música”.

ARGUMENTOS: Churchill se inclina por la acumulación de argumentos a través de hechos que respaldan una conclusión lógica. En su opinión, escribir es comparable a construir un edificio: “Hay que sentar las bases y juntar datos; las premisas deben soportar el peso de las conclusiones”.

ANALOGÍAS: “Las analogías son una de las armas más formidables de un retórico”, explica Churchill en “El andamiaje de la retórica”. Ellas son las que utilizó para incitar a los ciudadanos londinenses a resistir el ataque aéreo alemán: “La muerte y la congoja serán nuestros compañeros de viaje; las penurias, nuestras vestimentas; la perseverancia y el valor, nuestro único escudo… Nuestras cualidades y nuestros actos deben arder y brillar en la penumbra de Europa hasta que se conviertan en la verdadera luz de su salvación”.

EXTRAVAGANCIA. Churchill sostiene que los comunicadores necesitan un toque de “extravagancia salvaje”. La audiencia y el disertante deben involucrarse emocionalmente. Para que los oyentes lloren es necesario que el disertante sienta el dolor; para despertar la indignación hay que transmitir la ira.

El hábil empleo de las cinco herramientas básicas de la oratoria apuntalaba el talento oratorio de Churchill. Otros elementos que realzaban aún más su capacidad de comunicación eran:

PREPARACIÓN. Un discurso de 40 minutos podía demandarle entre 6 y 8 horas de preparación y ensayo.

UN DISCURSO, UN TEMA. Churchill ponía el foco en un solo tema por discurso, y terminaba con un llamado a la acción.

MANEJO DEL TIEMPO. Sus discursos tenían, con frecuencia, anotaciones al margen con indicaciones escénicas como “pausa”.

REFUERZOS VISUALES. La imagen de un cigarro está tan asociada a Churchill como el gesto “V” que significaba “victoria”, realizado con la mano.

HUMOR. Aun en la hora más oscura de Inglaterra, Churchill ensalzaba sus discursos con humor. El humorista y político A.P. Herbert creía que el ingenio de Churchill, sus maneras de reírse y las pausas que incluía en su discurso, lo convertían en una figura más graciosa que el mejor humorista inglés de esa época.

Churchill no era un orador innato. De hecho, era tartamudo. Pero transformó su balbuceo en su estilo de comunicación, a tal punto que vacilaba intencionalmente al dar un discurso. Tampoco tenía una figura imponente: medía alrededor de 1.70 metros y a menudo se encorvaba. Pero compensaba estas limitaciones con una memoria prodigiosa, un profundo amor al idioma inglés y su permanente disposición a revisar un discurso tantas veces como fuera necesario para conseguir la combinación adecuada se sentido, sonido y emoción.


(*) Nick Wreden. Harvard Management Communication Letter 2002. Harvard Business School Publishing, distribuido por New York Times Special Features. Carta de Noticias. Gestión.